
Era una fría mañana de noviembre, cuando a eso de las 8:00 salia de casa para ir al trabajo como cada día, pero no iba a ser igual que los demás algo iba a cambiar, después del beso de despedida de cada mañana a mi mujer, me dirijo al parking, y allí estaba ella, preciosa como cada mañana, negra y cromo, la miro e inicio el ritual de subirme a su lomo, le quito su mordaza, me subo el chaquetón, me abrocho cuidadosamente el casco, coloco los guantes y solo un segundo después la arranco, rugía como nunca, el garaje enmudeció y solo se le escuchaba a ella, desafiante, hermosa, altiva, un poco de gas y empezamos la marcha.
Una vez en el asfalto de la calle el frío de la mañana se me cuela por todos sitios, ¡ que despierto voy a llegar hoy! Pensé, y continué la marcha, el trafico de siempre, los usuarios de los coches me miraban con cierta envidia como cabalgaba junto a ellos evitando el tremendo atasco de cada mañana, algunos miraban pensando en el frío que debía estar pasando, (pobres) lo que no saben es que es un frío distinto, un frío de libertad ...